El ritmo de las conversiones al islam en al-Andalus

La ausencia de proselitismo religioso de parte de los conquistadores no excluye que se produjeran conversiones al Islam en fecha temprana. Pero el ritmo de las conversiones al islam en al-Andalus sigue siendo una incógnita, pese a las propuestas de Richard Bulliet a favor de una islamización lenta y tardía. El historiador americano ha descrito un proceso general de conversión que él cree que fue la norma en todos los territorios conquistados por los árabes. Traza unas curvas de conversión basándose en el análisis  estadístico de los nombres de los ulemas y letrados, de quienes los tabaqat, o diccionarios biográficos, guardan muchos centenares de biografías. Bulliet rastrea las cadenas onomásticas de generación en generación hasta que aparecen nombres como Tudmir, Rudruq, Lubb… a fin de averiguar el momento en que se convirtió al Islam algún miembro de las familias en cuestión.

Abderramán I, el primer emir independiente de Córdoba en al-Andalus.
Abd Ar-Rahman ibn Mu’awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik (en árabe, عبدالرحمن بن معاوية بن هشام بن عبد الملك), conocido como Abderramán I o Abd al-Rahmán I al-Dājil (الداخل, ‘el que entra’ o ‘el inmigrado’) (Damasco, marzo de 731 – Córdoba, 788) fue un príncipe de la dinastía omeya que tras diversos azares se convirtió en el primer emir independiente de Córdoba, en el 756, fundando allí la dinastía Umawi.

El historiador es consciente de lo aleatorio que resulta conceder un número de años a cada generación; también, de la existencia de genealogías falsas. Pero estas objeciones no importan si la muestra estadística es amplia. Según él, un 10% de la población de al-Andalus estaría integrada por circa 750; cien años más tarde, éstos representarían el 20% y, en 950 el 50%. Para el cambio de milenio, los musulmanes tendrían ya una mayoría abrumadora,  en torno al 75 ó el 80 % (4).

El problema reside a la hora de traducir estos porcentajes a números concretos. No s lo mismo que la Península tuviera siete millones de habitantes en el 711 según afirma Glick, o cuatro como propone Richard  Fletcher. Tampoco conocemos la evolución demográfica posterior. Pero tanto el segundo como Ma. Jesús Viguera, aun aceptando que los datos de Bulliet son meramente orientativos,

consideran que la curva de conversión se ve corroborada por otras fuentes. En concreto, el historiador británico ve una correspondencia entre los citados cálculos y la reconstrucción y sucesivas ampliaciones de la mezquita de Córdoba, de Abderrahman I (784-786) al hachib Almanzor (987-990) (5).

Otros investigadores muestran sus reservas respecto a la hipótesis de Bulliet. Pierre Guichard, por ejemplo, cuando afirma que la impresión que se extrae de las crónicas referentes a las revueltas muladíes en el último tercio del siglo IX y primeras décadas del siguiente no es la de un país en el que los dimmíes cristianos sean numerosos. Sólo en las Alpujarras y los Montes de Málaga hay comunidades “mozárabes” importantes, que salen a relucir con motivo del alzamiento de Umar ibn Hafsún. En el resto de al-Andalus escasean las referencias a grupos cristianos que, en muchos casos, podían haber emigrado al norte para participar en la repoblación del valle del Duero (6).

La verdad es que nadie ha ofrecido hasta ahora una interpretación alternativa a la de Bulliet. Así pues, habría que aceptar sus propuestas a favor de una islamización lenta y tardía, admitiendo que su ritmo varió de unas zonas del país a otras. En este sentido, el análisis de unas cuentas fiscales de la cora de Córdoba ha permitido a Miquel Barceló comprobar que,  a mediados del siglo IX, apenas el 25% de las 773 alquerías del distrito estaban habitadas por campesinos cristianos (7). Lo antedicho sugiere un ritmo de conversión más rápido que el supuesto por Bulliet, sin duda estimulado por la proximidad de la capital del emirato.

Muladí
Las diferencias socioeconómicas de Al-Ándalus generaron, no obstante, frecuentes tensiones en el siglo IX, manifiestas.

Sobre las coversiones al islam en al-Andalus, muchos de los conversos, conocidos como muwalladun o muladíes, tardarán en desprenderse de sus prácticas y costumbres cristianas pese a la desaprobación de los juristas. Un texto de la primera mitad del siglo IX, inserto en una fetua de época posterior, recoge la opinión sobre el particular de Yahyá b. Yahyá al-Laytí. Este jurista beréber, que conspiró contra el emir al-Hakam I (796-822) e influyó en su sucesor Abderrahman II (822-852), fue uno de los artífices del establecimiento de la ley malikí como escuela legalmente oficial en al-Andalus, antes de su muerte en 849. No hay duda de que el malikismo, con sus actitudes rigurosas y bastante conservadoras, encontró muchas cosas que corregir. En el caso que nos ocupa, al-Laytí considera a las mujeres principales culpables de que continuara observándose el descanso dominical entre los conversos y, asimismo, de que se tomaran vacaciones los días de fiestas cristianas. Por eso, recomienda que se las obligue a trabajar los viernes hasta la llamada a la oración, recen entonces y vuelvan al trabajo de cuidar de sus maridos e hijos. Los únicos días libres para ellas serían las dos principales fiestas musulmanas: la del Fitr o ruptura de ayuno del Ramadán, y la de los Sacrificios o del Carnero (8). No transcurrirá mucho tiempo antes de que esas críticas tengan su respuesta del lado cristiano, si bien en un sentido muy diferente.

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