LOS CAMPESINOS CRISTIANOS EN AL-ANDALUS

LOS CAMPESINOS CRISTIANOS EN AL-ANDALUS.

Cuando invadieron la mayoría de la población indígena, más o menos cristianizada, residía en el campo. A pesar de ello, la mayor parte de las noticias sobre los campesinos cristianos y los nuevos dimmíes corresponde siempre a comunidades urbanas. Queramos o no, tendemos a hacer caso omiso de las comunidades cristianas que sobrevivieron en el ámbito rural hasta fechas tardías. Sin embargo, los acontecimientos que marcan las revueltas contra los Omeyas en época de Muhammad I, al-Mundír, Abdallah y Abderrahman III nos dan la oportunidad de conocer a estos campesinos “mozárabes“.

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Abderrahman III
Abderrahman III : Abd Ar-Rahman ibn Mu’awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik (en árabe, عبدالرحمن بن معاوية بن هشام بن عبد الملك), conocido como Abderramán I o Abd al-Rahmán I al-Dājil (الداخل, ‘el que entra’ o ‘el inmigrado’) (Damasco, marzo de 731 – Córdoba, 788) fue un príncipe de la dinastía omeya que tras diversos azares se convirtió en el primer emir independiente de Córdoba, en el 756, fundando allí la dinastía Umawi.

El emir Muhammad I (852-886) mantuvo la política de fortalecimiento del estado que habían venido desarrollando sus antecesores. En el plano fiscal, esto se tradujo en el endurecimiento de la presión tributaria y en la comisión de abusos dado que, para estimular el celo de los gobernadores provinciales, se les cedió una parte de los ingresos recaudados. A los alzamientos protagonizados por los muladíes de las Marcas fronterizas se sumarían, a partir de 870, otros en el sur de al-Andalus. El vocablo fitna, con sus significados de “sedición“, “revuelta” y “guerra civil“, resulta apropiado para definir los conflictos sociopolíticos y étnico-culturales que se generalizan durante la etapa del emir Abdallah (888-912). La historiografía moderna tiende a interpretar esta crisis como los últimos coletazos de una fiscalidad feudalizante, que beneficiaba a los terratenientes muladíes, frente a la presión del estado cordobés. Esta resistencia contribuiría a que árabes y beréberes se sublevaran en algunas ciudades y sus áreas de influencia. Pero los cristianos sólo van a jugar un papel importante en las revueltas que tienen como escenario las montañas andaluzas. De grado o por fuerza van a apoyar a los “señoresmuladíes, quienes aparentaban protegerlos suplantando al  estado en la exacción de renta (16).

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Campesinos en al-Andalus
Campesinos en al-andalus
Recreación del escena de campesionos musulmanes.

Como es sabido, el enemigo principal de los Omeyas fue Umar b. Hafsún que, refugiado en Bobastro, junto a las gargantas del Chono, encabeza una revuelta en la zona malagueña contra el emir al-Mundir (886-888), la cual coincide con alzamientos muladíes en otras partes de Andalucía Oriental. Este caudillo se comportaba como un “señor de la guerra” en el peor de los sentidos, pues no hacía distinciones a la hora de atacar a sus vecinos para robarles o imponerles tributo. De ese modo acabaría extendiendo su dominio directo e influencia desde Algeciras hasta las proximidades de Elvira y Jaén. Un cronista tardío, Ibn Hayyán, señala que el rebelde contaba con el apoyo de comunidades muladíes y, sobre todo, cristianas: aparte de Bobastro, las de Jubiles, Belda, Santopítar, Jotrón y Monterrubio, entre otras; y siguiendo a al-Razi, escribirá que “eran cristianos la mayoría de los hombres y guerreros de Ibn Hafsún“.

Así pues, todo parece indicar que seguía habiendo una solidaridad entre autóctonos por encima de las diferencias religiosas. De ahí que no esté claro por qué Umar ibn Hafsún se convirtió al cristianismo en 899. La noticia de esta apostasía (que no todos creyeron), fue aprovechada por la propaganda del emir para fortalecer la voluntad de lucha de los suyos. Ibn Hayyán refiere que algunos de sus aliados muladíes se apresuraron a abandonarle, facilitando así que la presión militar ejercida por Abderrahman III a partir de 912 obligue al líder rebelde a someterse formalmente poco antes de morir, en 917. Sus cuatro hijos y herederos se enzarzan en luchas intestinas que preparan el camino para la rendición final de Bobastro, en enero de 928. Pero dado que las fuentes emirales se refieren a Ibn Hafsún como infiel, algún historiador moderno opina que esa infidelidad pudo ser el resultado de los tratos que aquél sostuvo con el régimen fatimí de Ifriqiya. Al margen de que en Bobastro hubiera dos iglesias y un obispo que atendía por el nombre de Ibn Maqsim (Máximo), cabe la posibilidad de que la historia sobre la conversión al cristianismo del famoso caudillo no fuera más que un rumor para desacreditarlo (17). El hecho de que el emir se apresurara a abrir la tumba de Ibn Hafsún para que todos se convencieran de que había muerto como cristiano nos hace pensar que los bulos difundidos por el gobierno no habían encontrado el eco esperado.

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Las fuentes que tratan de la fitna mencionan la presencia de muchas fortalezas en las zonas sublevadas. Los estudios de arqueología extensiva han confirmado la existencia de un amplio fenómeno de encastillamiento en Andalucía Oriental, distinguiendo dos tipos de fortalezas: los simples refugios, con recinto vacío y sin ocupación estable, y otros más complejos, capaces de mantener guarni­ciones permanentes y, a veces, poblaciones campesinas. Pero si las estructuras están darás no ocurre igual con la cronología, que sigue siendo dudosa. Se supone que las fortalezas-refugio (muchas con nombres latinos), son las más antiguas, remontándose incluso a la época de la conquista. En cambio, las más sofisticadas comenzarían a aparecer durante la fitna.

Sirva esto para explicar la política de pacificación emprendida por Abderrah­man III al compás de sus campañas militares. Los amos de fortalezas que se someten mediante pacto son llevados a la capital y tratados con gran condescendencia, según da a entender al-Jusani en su Historia de los jueces de Córdoba, mientras que las poblaciones campesinas son obligadas a bajar al llano. Refiriéndose al área de Málaga Ibn Hayyan escribe:

“…hizo rendirse a la gente de la fortaleza de Santopitar, Contares y Jotran, y otros baluartes infieles, haciéndolos bajar de sus montes y dispersarse por los llanos. Destruyó todas las fortalezas, no quedando a los cristianos en aquella región baluarte que se cite ni ciudadela habitada… (18)

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