LOS MÁRTIRES DE CÓRDOBA (850-859)

LOS MÁRTIRES DE CÓRDOBA

A mediados del siglo IX una extraordinaria oleada de fervor sacudió a la comunidad cristiana de Córdoba y su entorno: sacerdotes y laicos, hombres y mujeres buscaron inmolarse insultando públicamente al Islam y ofendiendo el nombre de Mahoma. La pena que automáticamente se imponía por esto era la muerte, pero parece que las autoridades dieron a los culpables una oportunidad de retractarse antes de ordenar su ejecución. El primer caso documentado fue el de Perfecto en 850, al que siguieron otrosalrededor de medio centenar— hasta 857 (12).

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San Eulogio de Córdoba
San Eulogio de Córdoba

Se conoce lo sucedido gracias a los Memoriale Sanctorum escritos por Eulogio de Córdoba, que fue ejecutado en marzo de 859, y al Indiculus Luminosus, obra redactada cinco años antes por su amigo y biógrafo, Paulo Alvaro. Uno y otro pertenecían a familias acomodadas. Eulogio tenía a un hermano en la administración del Estado; otros dos comerciaban con el país de los francos. En cuanto a él, destinado al sacerdocio, se formó con el abad Speraindeo. En un viaje que hizo a Navarra se trajo La Eneida, las poesías de Juvenal y Horacio, La Ciudad de Dios, de San Agustín, y un texto polémico sobre la figura del Profeta, criticada desde el punto de vista moral, que luego utilizaría en sus obras.

Las vidas de muchos mártires revelan su pertenencia a familias religiosamente mixtas. Asimismo, los textos denuncian la presencia en Córdoba de cristianos musta ‘rib o “mozárabes“, es decir, arabizados (13). Éstos podían pasar por musulmanes porque hablaban el árabe, vestían a la usanza oriental, se circuncidaban y respetaban las leyes dietéticas del Islam. Algunos sacerdotes, incluso, habían descuidado sus vestiduras propias y adoptado las modas generales. Por esto, y para recordarles que debían guardar el celibato, el clérigo cordobés Leovigildo de Ansefredo escribió Liber de habitu clericorum a instancias del cabildo de la iglesia de San Cipriano. Había, además, quienes compartían las ideas islámicas sobre la divinidad de Cristo y no creían que hubiera muchas diferencias entre las dos religiones. Es evidente que se había producido una fractura en el seno de la comunidad, entre los cristianos “complacientes” y los más rigurosos. Los segundos, con su tendencia a inmolarse parecen haber pretendido “redimir” al resto de sus correligionarios.

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Eulogio y Paulo Alvaro escribieron sus obras, justificando los martirios voluntarios, después que Abderrahman II convocara un concilio eclesiástico para resolver el problema. Presidido por Recafredo, metropolitano de Sevilla, los asistentes no se pronunciaron acerca de la cuestión del martirio, pero a instancias del exceptor Gómez, que seguía órdenes del emir, acordaron desalentar la continuación de tales prácticas entre los fieles al considerar que era insensato y peligroso provocar a las autoridades musulmanas. Éstas podrían alterar el estatuto legal de la comunidad en su conjunto (14).

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En la década siguiente se reavivarían las querellas cristológicas gracias al enfrentamiento protagonizado por el abad Sansón y el obispo Hostegesis, que en los escritos del primero aparece como Hosti Jesu, o enemigo de Jesús. El malagueño es acusado de negar la omnipresencia de Dios en todas las cosas y, más concretamente, de sostener que Jesús se había formado en el corazón de María, y no en su vientre. De este modo rechazaba el misterio de la Encarnación y, en consecuencia, la divinidad de Jesús. La herejía de Hostegesis, que era otra forma de acercarse al Islam, demuestra que los llamados “martirios voluntarios” no habían servido para nada. No obstante, el deseo de inmolarse vuelve a ma­nifestarse a principios del siglo X. En la biografía de Aslam b. Abdallah al-Aziz, que fue cadí mayor de Córdoba en 913-922 y 924-926, sale a relucir el caso de un cristiano que buscaba emular a Cristo y que fue devuelto a su casa tras recibir una tanda de latigazos. Mayor interés reviste una fetua de Ibn Lubaba, fallecido en 926, que narra cómo la cristiana Dalja declaró ante el consejo de jueces de Córdoba que Jesús era Dios y que Mahoma había mentido al declarar que era profeta de una divinidad inexistente. Razones más que suficientes para que la condenasen a muerte (15).  Ambos episodios ponen de manifiesto que el recuerdo de los “mártires” seguía vivo.

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