Vino y hachís en al-andalus

El vino y el hachís en al-Andalus

El vino y el hachís en al-Andalus

Todos los actos transgresores expuestos se desarrollaban en un ambiente en el que estaba presente como elemento muy destacado el vino. Además de suponer un uso viciado del cuerpo y de estar prohibido por la ley, iba a conducir a las situaciones ilegales citadas.

El uso y elogio del vino en Isbiliya y al-Andalus se frena en los primeros tiempos del Islam y resurge en época omeya, llegando a crearse un género poético específico que se llamó jamriyya. En todas las reuniones festivas o literarias el vino era imprescindible, existiendo ritos para beberlo, en los que se enumeraban distintas clases de copas y jarras y modos de escanciarlo. Normalmente, cada bebedor tenía su copa en la que se servía el vino, pero en ciertas ocasiones se pasaba una gran copa, a imitación de la crátera griega, de la que todos bebían (156).

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En al-Andalus aquel tipo de reuniones se daban en todas las escalas sociales, comenzando por las más altas, es decir, desde Isbiliya en los propios palacios reales a como ocurría con el Alcázar de Córdoba, Medina Azahara, el palacio del zirí granadino Bâdîs b. Ḥabûs, en donde existía un conjunto de habitaciones llamadas “Casa de la bebida” (dâr al-šarâb), destinadas a este uso, o el del toledano al-Ma’mûn, además de los propios jardines reales. Siendo conscientes los soberanos de que se trataba de algo ilícito, procuraban ser reservados en sus manifestaciones, evitando los escándalos siempre que fuera posible y manteniéndose dentro de una intimidad que habría de ser respetada y en la cual se podría argumentar que las bebidas que circulaban no era el prohibido vino (157). Por eso, muchas de las acusaciones que a lo largo de la historia se realizarán de personajes que lo bebían lo serán a causa de hacerlo públicamente, causando con ello escándalo. Aquellas acusaciones se dirigían a quienes ejercían cargos públicos y a los que se atribuía incompetencia política o escasa inteligencia precisamente por su vicio, y eran despreciados por ello (158).

Para uso de clases más modestas en al-Andalus existían tabernas, a veces gobernadas por mujeres, cuya existencia se consentía bajo la apariencia de moralidad y legalidad de que sus dueños eran cristianos y que su clientela era, en teoría, mozárabe. La realidad era que allí acudían también los musulmanes (159), e incluso existe un texto de Ibn Ḥazm mencionando una alcabala para tener derecho a vender vino a los musulmanes (160). Como ya vimos, en aquellas tabernas, además, se podía ejercer la prostitución de modo más o menos encubierto (161). Los alfaquíes prohibían estas prácticas, muy duramente reprimidas por el ṣâḥib al-šurṭa, pero sin lograr resultados apreciables.

El hachís, menos extendido y de uso menos público que el vino, podía provocar estados de excitación sexual similares. En algunos casos se acusaba de que inclinaba a la sodomía pasiva, además de incitar a la fornicación y dar lugar a sueños desvergonzados y comportamientos degenerados (162).

Como ya ocurriera con la masturbación, aparecerán disidencias entre medicina y derecho, o para ser más exactos, no será la única vez en que el médico se muestra más tolerante que el jurista. (163) Así se verá también en la homosexualidad, donde podemos encontrar a alguien con tanta autoridad como Avicena que no la condenaba y llegaba a comparar los actos homosexuales con los heterosexuales, como tampoco condenaba el lesbianismo, que consideraba una consecuencia de la insatisfacción de la mujer en el coito con el hombre (164).

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