Edouard Frederic Wilhelm Richter

La prostitución en al-Andalus

Sobre la prostitución en al-Andalus muchas de las prohibiciones  en al-Andalus y el Magreb no existían en Oriente. Ibn Sacîd, que viajó a El Cairo a mediados del siglo XIII,  se extrañó que allí los utensilios relacionados con el vino estuvieran a la vista de todos y que las prostitutas se exhibieran por las calles (118). Como detalle aún más extraño, he encontrado el dato de que en Qayrawân más de la mitad de las casas de prostitución se habían erigido con bienes waqf (119).

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En el conjunto de esta sociedad “ilícita” se encuentra la figura de la cantora, sin un carácter definidamente prohibido pero enmarcado en un ambiente en el que se rompían las leyes. Sin ser necesariamente una prostituta, su círculo vital y su clientela eran los mismos que frecuentaban aquel mundo. En las tabernas no era infrecuente que la tabernera oficiara también como cantora y bailarina, e incluso llegara a relacionarse sexualmente con los clientes (120).

Las cantoras en al-Andalus solían ser esclavas con una educación especial, en la que se incluían la música, la poesía y, en algunos casos, la lectura y la caligrafía. En muchas ocasiones eran también danzarinas, por todo lo cual en el mercado de esclavos alcanzaban precios muy altos (121). Tenían más libertad de movimientos que las llamadas “mujeres libres”, aunque, por lo general, dependían de un hombre, que era quien explotaba el negocio, y sólo en contadas ocasiones actuaban por su cuenta. Además de recibir las enseñanzas señaladas, se les preparaba desde niñas para el placer masculino (122). Las que pertenecían a círculos cortesanos eran instruidas de modo especial por quienes conocían bien estas artes, entre ellos el famoso Ziryâb, a veces bajo la supervisión de las princesas que seleccionaban a las mejores y más bellas como amantes de sus hijos (123).

Las referencias que nos proporciona la crónica al-Ŷâḥiẓ nos indican que solían vivir en casas especiales a las que los clientes iban para oírlas cantar y para tener contactos carnales. Salvo excepciones, los hombres valoraban más su atractivo físico que su habilidad como cantoras o danzarinas, y ellas introducían en su arte elementos que favorecían esta incitación al sexo.

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En al-Andalus y por tanto en Isbiliya rente a estas cantoras-bailarinas, las esclavas que pertenecían a la corte o a grandes familias, ejercían su arte sin ningún tipo de cortapisa o condena (124). Por su parte, la alcahueta era una figura muy frecuente en la sociedad de al-Andalus y árabe en general. Dada la gran separación de sexos, era imprescindible para concertar casamientos y procurar citas amorosas (125). Sus características debían ser muy similares a las que la literatura española nos ha recordado de la alcahueta cristiana en varias ocasiones, utilizando en ambos casos su pretendida religiosidad para entrar y salir de los domicilios y visitar a las mujeres (126).

Más alejadas del mundo de la sexualidad, pero también rechazadas social y legamente, aparecen las plañideras. Se prohibían por los gritos que daban y porque descubrían el rostro y se desgarraban ropas y velos, atentando así contra el pudor (127). Los moralistas más extremos consideraban su actividad delictiva y la llegaban a comparar con la de las alcahuetas y las ladronas (128).

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