LA SEXUALIDAD LÍCITA

Mahoma dictó normas rígidas en materia de moral, como la veladura de las mujeres y la persecución de la prostitución, el adulterio y otros actos, además de imponer la autoridad casi absoluta del hombre (29). En cualquier caso, debía enfrentarse a la realidad de la gran importancia, la omnipresencia de la sexualidad en el mundo del Islam, que requería su control, de modo que, sin perder nada de lo placentero que en sí tiene su ejercicio, estuviera de acuerdo con unas normas de conducta reguladas por la religión, el derecho o la costumbre.

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El Corán dice:

“¿Hay alguien más extraviado que quien sigue sus pasiones, sin ninguna dirección de Dios?” (30).

El Islam concibe la sexualidad como un don divino y su práctica es equiparable a la limosna, la oración o cualquier acto piadoso (31). El acto sexual es agradable a los ojos de Dios, puesto que la sexualidad es algo que Él puso en las criaturas. Por eso, se debe buscar el placer en sí, tenga o no como finalidad la procreación. El objetivo final es alcanzar la armonía sexual, ya que si se logra se consigue también la armonía espiritual, lo que redunda en el bien de la comunidad (32). Pero hay algo más: la armonía del mundo sólo se consigue a través de la armonía conyugal, la armonía de los dos sexos. Alterar o profanar esta armonía conyugal es muy grave porque atenta contra el equilibrio general (33). Esta concepción ha perdurado a lo largo del tiempo. Un autor de nuestro tiempo, varias veces citado en este trabajo, Abdelwahab Bouhdiba, dice:

“El camino de la plenitud pasa por la paz sexual. El eros está presente en toda la conducta humana, en todos los estadios de la vida, en todos los niveles de lo real y lo imaginario”.

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Ello supone rechazo a toda forma de ascetismo, ya que se puede entender como desprecio hacia el cuerpo, y despreciar el cuerpo supone despreciar el espíritu (34). No obstante, también es digno de alabanza el hombre que se dedica a la oración apartándose de los deseos de la carne y del tiempo que pierden con ello, en vez de dedicarlo a Dios (35).

En el Islam es una constante el conflicto entre el amor y el derecho. Incluso el amor místico, el sufí, muy tolerante, ha sido muy vigilado por la ley, llegando a producir mártires. Para un sufí el amor es la esencia de la naturaleza, integra el deseo y el placer y la mujer bella es un reflejo divino, y por ello amar la belleza, en cualquiera de sus manifestaciones, es amar a Dios (36). Y el Dios del Islam contempla las relaciones amorosas y su Profeta las practicó abundantemente (37).

Aceptada de forma tan tajante la sexualidad y su práctica, la primera preocupación de Mahoma fue llevarla por cauces admisibles, hacerla lícita a través del matrimonio. Salirse de tales normas era incurrir en transgresiones, y una transgresión en el Islam supone delito y pecado al mismo tiempo (38).

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