EL SEXO LÍCITO (Parte 2)

Veamos otra cuestión: la igualdad hombre-mujer en el matrimonio. El Profeta había dicho:

“Vuestras mujeres son campo labrado para voso- tros. Venid, pues, a vuestro campo como queráis […]” (56).

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Aquello determinaría que en la vida cotidiana y en el derecho la posición superior del hombre fuera una realidad. Tal superioridad se explica por las referencias coránicas (57) a que Dios creó primero al hombre e hizo salir de él a la mujer. Desde el primer instante del matrimonio debe quedar clara la absoluta sumisión de la mujer al marido, la supremacía del varón, con detalles como que en el contrato matrimonial se podía especificar si las mujeres saldrían o no de la casa y si podían recibir o hacer visitas (58).

Algunos autores (59) consideran que la posición secundaria de la mujer respecto al hombre no se debe considerar como misoginia en la sociedad islámica, sino como cuestión de jerarquía. Incluso la sumisión de la mujer a la autoridad del marido o su buena disposición para hacer agradable su relación fue considerada equivalente al ŷihâd para el hombre (60). Tan importante es esto que la desobediencia conyugal será una de las causas que impidan a las mujeres la entrada en el Paraíso.

En virtud de esta primacía, el Corán autoriza a los hombres a pegar a sus esposas si éstas no actúan con el debido respeto hacia ellos (61). Al parecer, fue una reacción de los mecanos ante las mujeres de Medina que acostumbraban a insolentarse con sus maridos. El Profeta no quiso aceptar esta norma, pero ante las presiones de gente influyente de su grupo, especialmente cUmar b. al-Jaṭṭâb, acabó por ceder (62). Por otra parte, y ahora a través de la medicina, la cultura islámica heredará de los griegos la idea de superioridad del varón sobre la hembra, ya que, basándose en la teoría humoral, la naturaleza fría y húmeda de la mujer y de todos los animales hembras es inferior a la cálida y seca de lo masculino (63).

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Pero ¿qué ocurre en el ámbito sexual? En este caso, tanto el Corán como los textos jurídicos mandan que haya una absoluta igualdad. El marido debe vivir junto a su esposa y no dejarla sola. Es preciso que haga uso del matrimonio de modo regular (64) y en caso de poligamia debe tratar por igual, en todos los sentidos, a sus mujeres y repartir los días y las noches entre todas ellas de modo equitativo (65). Se considera delito no atenderlas por igual y reservarse para una o dos, por ser más deseadas, o desatender sexualmente a la esposa, aunque sea por dedicar el marido su tiempo a la oración o a prácticas religiosas.

El estado matrimonial permitirá actos que sólo se pueden dar dentro de él, como la desnudez total, únicamente admitida entre esposos, nunca entre otros miembros de la familia, ni siquiera los niños a partir de los diez años. Este tema suscitó polémicas ya que hubo juristas que consideraron que se debía evitar mirar el sexo de la mujer porque podía causar ceguera, por lo que estimaban que sólo lo podían hacer, excepcionalmente, los médicos, en caso de enfermedad, cuando se planteara algún problema jurídico, o en el parto. Frente a ellas, opiniones contrarias lo autorizaban e incluso lo consideraban como elemento fundamental para aumentar el deseo (66).

También aquí aparecerá la influencia  griega en medicina para propiciar el placer femenino tanto como el masculino. En la relación física, ya lo vimos, lo que importa es el placer, incluso por encima de la procreación. De hecho, en los texos médicos se habla de cómo evitar el embarazo utilizando pesarios y medicamentos, además prácticas abortivas, aunque lo más recomendado fuera el coitus interruptus (67). La práctica totalidad de los médicos árabes propician el orgasmo femenino como medida deseable para la salud de la mujer, no sólo física sino mental. Aconsejan que en toda relación el hombre procure el placer femenino, puesto que no alcanzarlo causaría daños a ella (68), indicando, incluso, diversos modos de provocarlo y explicando con detalle sus características (69).

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Su utilidad es doble. Además de producir una sensación sumamente grata, libra al organismo de residuos, en este caso esperma, tanto masculino como femenino, dada la creencia de que la mujer produce su propio semen. Al preconizar la medicina preventiva las evacuaciones como medida profiláctica, el orgasmo se convierte en un elemento indispensable para arrojar sustancias excedentes. Tan importante se considera, que si no se logra en una relación normal se aconseja la masturbación para conseguirlo. Todo gira alrededor de la emisión de esperma: el mismo término árabe que designa la masturbación, istimnà, deriva de la voz minà, semen. Para el médico, la masturbación será algo recomendado como sustitutivo de la relación sexual con el varón, para alcanzar mayor sintonía con la pareja mientras se realiza el acto sexual (70), o para evitar algún mal.

Un caso muy llamativo de masturbación “legal” es la que se refiere al sofoco uterino (71). Este sofoco era la situación que creaba el útero al ascender por el interior del cuerpo en busca de humedad, comprimiendo las vísceras y creando con ello una sensación de ahogo, o sofoco, que podía llegar a provocar la muerte. Para volverlo a su lugar se debía atraer con alguna sustancia húmeda, como el semen o algún elemento líquido, por lo que se recomendaban las relaciones sexuales o la aplicación en los genitales, mediante masaje, de algún aceite. La mujer sabrá que el útero ha bajado por la sensación de placer que experimentará. Con un origen griego, pasó luego, como tantas otras cosas, a la medicina árabe (72).

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