Sexualidad urbana en al-Andalus (Parte 2)

Se prohibía estar desnudo, pero, a juzgar por las condenas que los juristas hacían, tal norma no se debía observar con demasiado rigor. Los niños acudían con sus madres hasta que se juzgaba que los varones tenían edad suficiente para apartarlos de la visión de aquel mundo de mujeres desnudas.

Isbiliya pre-Almohade
Toda la información sobre este misterioso tramo de la historia.

Pero la desnudez no era lo único que podía afectar a la moralidad en el ḥammâm. Junto al mismo Iblîs, que confesó a Mahoma que aquel era su albergue, una serie de genios (ŷunûn) maléficos acechaban continuamente. Para prevenirse contra ellos se debía pronunciar la basmala al llegar y, además, algunos textos de ḥadît señalan que había setenta y dos ángeles para evitar que persona o genio entraran y se recrearan en la visión sin ropa de hombres y mujeres.

Las mezquitas no eran lugar de encuentros amorosos o citas. Sobre la asistencia a ellas de las mujeres hay discrepancias. Allí iban cuando tenían que prestar un juramento: si la mujer estaba autorizada para ello, iba de día, pero si tenía alguna restricción marital para salir de su casa lo hacía de noche, para evitar ser vista. También podía contar la clase social para elegir el momento de acudir allí (98). En cuanto a su presencia en las horas de oración, hay quien se inclina por negarlo mientras otros lo afirman, aunque parece demostrado que sí lo hacían, si bien en número sensiblemente menor que los hombres. Sobre este aspecto tenemos noticias significativas de lugares específicamente dedicados a ellas, incluso puertas de acceso y pilas de ablución diferentes a las de los hombres (99), además de un testimonio tan explícito como el granadino Código de Yusuf, que establece una detallada colocación de los asistentes, según su sexo y edad, quedando las mujeres en la parte trasera del templo y siendo las primeras en salir, no pudiendo hacerlo los hombres hasta que ellas no estuvieran fuera (100).

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Conoce más sobre la llegada de los almohades y la transcendencia de este hecho en al-Andalus.

Sin embargo, había otros recintos piadosos, los cementerios, que sí se prestaban a citas y encuentros amorosos, especialmente por parte de las clases populares, que contaban con la ventaja de estar situados extramuros de las ciudades. Era costumbre que las mujeres acudieran a ellos al salir de la mezquita, tras la oración del viernes y con ocasión de fiestas religiosas pero, además de estos momentos, las mujeres iban con cierta frecuencia a cuidar las tumbas de sus familiares, cualquier día de la semana.

Aquella situación provocó las condenas de varios tratados de ḥisba, como el de al-Kinânî, en el siglo IX (101), o el de Ibn cAbdûn, en el XII (102). Con el paso del tiempo la situación no debió corregirse, puesto que en el siglo XV, otro autor, al-Tilimsânî (103), decía que los cementerios de al-Andalus eran lugares de paseo y citas amorosas además de lugar de comercio de todo tipo, incluido el sexual.

Las puertas de Sevilla
Conoce la historia de La Muralla y Las Puertas de Sevilla antes de su desaparición.

De los citados, recogeré lo que dice Ibn cAbdûn, referido a Sevilla (104):

[…] Lo peor que ocurre en un cementerio es que se permite que encima de las tumbas se instalen individuos a beber vino o incluso, en ocasiones, a cometer deshonestidades, y que han establecido letrinas y cloacas a cielo abierto cuyos conductos corren por encima de los muertos […]. Yo he alcanzado la época en que desaparecieron del cementerio casas, chozas y otros tugurios […].
No deberá permitirse que en los cementerios se instale ningún vendedor, que lo que hacen es contemplar los rostros descubiertos de las mujeres enlutadas, ni se consentirá que los días de fiesta se estacionen los mozos en los caminos entre los sepulcros a acechar el paso de las mujeres […]. También deberá prohibir el gobierno que algunos individuos permanezcan en los espacios que separan las tumbas con objeto de seducir a las mujeres […]. Se ordenará asimismo a los agentes de policía que registren los cercados circulares que rodean algunas tumbas, y que a veces se convierten en lupanares, sobre todo en verano cuando los caminos están desiertos a la hora de la siesta
Debe ordenarse que se cierren las ventanas de los edificios militares y de las habitaciones altas, así como las puertas que abren del lado de los cementerios, para que no sean vistas las mujeres. El lector del Alcorán por los muertos no debe ser mozo ni soltero (aunque sea ciego), pues de ello se siguen muchos males.

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